Idiota 2.0 (cargando...100%)

©VLOVMarcelo Mosqueira

Lo que posiblemente no notes, es que lo que parece gratis, nos está costando una fortuna.

Andrew Keen, El Culto del Amateur

—¿Compraste libros?

—Dos, che. Uno de historia geopolítica mundial, de Jean-Yves Lacoste y los dos tomos de “Cuentos completos” de Cortázar.

—Ah... ¿Y algo más liviano?

—Si, lechuga para el almuerzo.

—No, boludo, digo si no te parece que con el quilombo natural de los días, el laburo, los pibes, el fóbal, las juntadas de los viernes, la cancha, el...

—...domingo, el tráfico, las nubes, las flores de invierno y las zapatillas de lona... ¿Qué tiene que ver esa enumeración caprichosa con la compra de libros?

—Todo cambió Luis. No hay tiempo para leer, no jodás.

—¿No hay tiempo para leer? ¿Vamos a discutir sobre la escasez del tiempo otra vez?

—Vos no querés ver la realidad. Cambió el paradigma, la gente no lee como antes. Ahora la gente lee cosas cortas, precisas, pensá en twitter.

—Ah, twitter. ¿Twitter es leer, entonces?

—¿Y los SMS? ¿Facebook? ¿Blogs? Es lo mismo, Luis. La gente ya no aguanta leer tanto, la mecánica cambió por las redes sociales y el bombardeo de contenidos. Te guste o no, eso es así. Ya sabés que adaptarse a los cambios no es opcional, es supervivencia.

—Ser idiota sí es opcional.

—¿No ser idiota es ser como vos, entonces?

—No. No darse cuenta de esto es ser idiota.

Kevyn Kelly, en un artículo del 2006 publicado en el New York Times Magazine, teoriza sobre la muerte del texto tradicional autocontenido, conocido popularmente por los perejiles como uno con el nombre de “libro”. Lo que Kelly avizoraba en aquel entonces, era un conjunto de contenidos y medios infinitamente interconectados, en el cual todos los libros del mundo fueran digitalmente escaneados y conectados entre sí. A esto, ella lo llamó “versión líquida” del libro. En la visión de Kelly, el acto de cortar+pegar+enlazar+realizar anotaciones era tan o más importante que la misma escritura del libro.

Cómo los blogs, MySpace, YouTube, y el resto del contenido generado por el usuario de hoy está destruyendo nuestra economía, nuestra cultura y nuestros valores (¡tomá!)

El párrafo que da título a esta sección es nada menos que el subtítulo del libro “El culto del amateur”, que editara Andrew Keen, y en el que despotrica alegremente, irónicamente, ácidamente, contra la patria narcisista de internet y sus geniales creadores de contenidos. Contenidos que contaminan, según el enfant terrible del Silicon Valley, la atmósfera de conocimiento colectivo, agarra a trompadas a los derechos de autor y la propiedad, y termina envolviendo en papel higiénico con grasa el método científico, parándose sin dudarlo sobre el costado creacionista que, con gran músculo, cimentara a los que defienden la teoría de la creación del universo desde las manos de Dios: acá están los resultados, ahora busquen lo que necesiten para justificarlos.

De esta manera, hoy se crea contenido en internet: a la velocidad de lo que dura una cerveza fresca en la mano de mi padre. Veinte segundos, comprobado. Se genera el contenido, se sustenta con poco, se maneja astuta y adecuadamente el copie y pegue y se larga a la cancha. Allí, millones de friolentos de exigencias intelectuales, compatriotas 2.0, los nuevos cerebros sin mapa, consumirán lo que se les ponga en las narices, contrastarán poco menos que nada e introducirán este contenido, recién salido del horno de otro cocinero impostor, en el nuevo contenido que estos mismos escupirán en escasos minutos. Y vuelta a empezar.

El costo de la democratización

Andrew Keen grita azorado que “El culto del amateur ha hecho cada vez mayor la dificultad para determinar la diferencia entre el escritor y el lector, entre el artista y el impostor, entre el arte y la publicidad, entre el amateur y el experto. ¿El resultado? La disminución de la calidad y confiabilidad de la información que recibimos, distorsionando así, rotundamente, nuestra conversación cívica nacional.”

¿Google nos está volviendo estúpidos?

Ya saben, cuando hay malas noticias, no vienen de a una. Al empobrecimiento de los contenidos en general que plantea Keen –cosa que puede ser refutada en función del crecimiento del volumen de publicación y el acceso a mayores fuentes y plumas- se le suma el uso indiscriminado y discrecional, de parte de mega-compañías, de los rastros que dejamos cuando navegamos a diario en internet.

Aunque el más preocupante de los impactos en la sociedad que tiene acceso a tecnologías de este tipo (hoy una proporción muy significativa de la población mundial), y que está conectado con las huellas que dejamos, es el cambio en las capacidades de adquirir conocimientos y hábitos de lectura que se está produciendo, el cual, la mayoría de los big players de internet no está interesado en modificar en absoluto.

Nicholas Carr en su ensayo: Is Google making us stupid?, plantea este tópico de manera muy crítica y profundamente sustentada.

En él, Carr razona “No estoy pensando de la manera en que lo hacía antes. Lo siento de manera más fuerte cuando estoy leyendo. Introducirme profundamente en un libro o un artículo de largo considerable solía ser fácil. Mi mente era cautivada por la narración o las vueltas del argumento, y gastaba horas paseando en largos párrafos de escritura. Este caso ya no se da comúnmente. Ahora mi concentración a menudo se pierde después de dos o tres páginas. Me gana la ansiedad, pierdo el hilo, y empiezo a buscar algo más para hacer. Me siento como si estuviese siempre empujando mi desviado cerebro de vuelta al texto. La lectura profunda que ocurría de manera natural se ha vuelto una lucha.”

No podría leer Guerra y Paz, de Tolstoi, nuevamente. He perdido la habilidad de hacerlo. Inclusive un post de un blog de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para absorber. Le doy una mirada por arriba.

El filósofo y educador canadiense, teórico de los medios, Marshall McLuhan, comentaba en 1960 que los medios no son sólo canales pasivos de información, sino que modelan el proceso de pensamiento. Y lo que la red parece estar haciendo es patear nuestra capacidad de concentración y contemplación. Nuestra mente ahora espera ingerir información en la manera en que la Red la distribuye: como una corriente cambiante de partículas. Alguna vez fuimos buzos en un océano de palabras. Ahora corremos sobre la superficie como un tipo en un Jet Sky.

Mientras más usamos la web, más tenemos que luchar para mantenernos enfocados en largas piezas de escritura. Scott Karp, bloguero acerca de los medios online escribe: “¿Y si busco sólo conveniencia porque la manera en que PIENSO ha cambiado?”

Bruce Friedman, un médico de la Universidad de Michigan que escribe sobre el uso de las computadoras en medicina, explicaba que su pensamiento ha tomado la calidad de un “staccato” (forma de ejecución musical que acorta las notas, las rompe en pequeños pedazos), reflejando la forma en que rápidamente se revisan cortos pasajes de texto de muchas fuentes online. “No podría leer Guerra y Paz, de Tolstoi, nuevamente. He perdido la habilidad de hacerlo. Inclusive un post de un blog de más de tres o cuatro párrafos es demasiado para absorber. Le doy una mirada por arriba.”

Un estudio publicado recientemente por estudiantes de la University College of London, que investiga sobre hábitos online, manifiesta que estamos en el medio de un cambio significativo en la manera en que leemos y pensamos. El estudio reza: “...es claro que los usuarios no leen online en la manera tradicional; inclusive hay signos de nuevas formas de lectura tales como saltar en sentido horizontal por los títulos, páginas y resaltados o resúmenes, para tener una vista general de todo. Inclusive parece que buscan estar online evitando leer como se hacía tradicionalmente.”

En realidad, gracias al texto profusamente distribuido en internet, celulares, tabletas y otros medios que tienen el don de la “ubicuidad” y que permanecen con nosotros tanto como nuestros genitales, podemos estar leyendo más que en los 70 o los 80, cuando la televisión era el medio predominante. Pero lo hacemos de una manera distinta. Tras esa manera distinta de lectura, reside una manera diferente de pensamiento. “Somos no sólo LO QUE leemos. Somos CÓMO leemos”, dice Maryanne Wolf, psicóloga autora de “Proust and the Squid: The Story and Science of the Reading Brain”. Wolf escribe que le preocupa que, el estilo de lectura promovido por la red que pone “eficiencia” e “inmediatez” por sobre todo lo demás, pueda estar debilitando nuestra capacidad relacionada a la lectura profunda, aquella que emergió cuando una tecnología temprana como la prensa impresa hizo de los complejos y largos párrafos de prosa un lugar común. Cuando leemos online, tendemos a convertirnos en “meros decodificadores de información”. Nuestra habilidad para interpretar textos, construir las valiosas conexiones mentales que se forman cuando leemos repetidamente y sin distracción, se mantienen desconectadas.

“Leer”, explica Wolf, “no es una habilidad instintiva para los seres humanos. No está inserta en nuestros genes de la misma manera que el habla sí lo está. Tenemos que enseñarle a nuestra mente cómo traducir los caracteres simbólicos que leemos, en un lenguaje que podamos comprender.”

Google ha declarado que su misión es “organizar la información del mundo y hacerla niversalmente accesible y útil”. Busca desarrollar el “motor perfecto de búsqueda

Internet, un sistema de computación interconectado tremendamente poderoso, está subsumiendo la mayor cantidad de nuestras tecnologías relacionadas con actividades intelectuales. Se está volviendo nuestro mapa y nuestro reloj, nuestra prensa impresa y nuestra máquina de escribir, la calculadora y el teléfono, nuestra radio y la televisión. Cuando internet absorbe un medio lo recrea a su propia imagen y semejanza. Nunca un sistema de computación ha jugado tantos roles en nuestras vidas. Y revisando todo lo que se ha escrito sobre la red, poco, muy poco, se ha hecho sobre la forma en que está reprogramándonos. La ética intelectual de la red permanece oscura, oculta, para el común de nosotros.

En un momento determinado del desarrollo industrial, mediante su trabajo “Principios de la Administración Científica”, Frederick Winslow Taylor revolucionó el concepto de eficiencia en la producción tradicional mediante la minuciosa identificación, descomposición y medición de las actividades que componían la cadena de valor en la producción de una metalera de Philadelphia. Creaba, con esto, una utopía de la perfecta eficiencia. Taylor declaraba: “en el pasado el hombre estuvo primero, en el futuro el sistema debe estar primero.”

Google-mental

El lugar de las oficinas centrales de Google en Mountain View, California, conocido como Googleplex, es la catedral de internet. La religión practicada allí es el Taylorismo. Su CEO, Eric Schmidt, afirma que Google “es una compañía fundada alrededor de la ciencia de la medición”, e impulsa la “automatización de todo” lo que hace. Google realiza cientos de experimentos diarios, procesando terabytes de información que obtiene del comportamiento de sus navegantes, analizando cómo las personas buscan información y obtienen algún significado de ella. Lo que Taylor hacía con las actividades industriales, Google lo está haciendo con nosotros y nuestras mentes.

Google ha declarado que su misión es “organizar la información del mundo y hacerla universalmente accesible y útil”. Busca desarrollar el “motor perfecto de búsqueda”, que ellos definen como ese que “interpreta exactamente lo que pedís y te da exactamente lo que querés”. Desde el punto de vista de Google, la información es una especie de commodity, un recurso equivalente a un mineral que puede ser explorado, extraído y procesado con eficiencia industrial. A cuantas más piezas podamos acceder, más rápido extraeremos su parte útil y más productivos seremos como pensadores.

Mientras más rápido navegamos en la red, más clicks hacemos y páginas visitamos, más oportunidades tiene Google de recolectar información acerca de nuestro comportamiento y enviarnos mensajes específicos, publicidades, sugerencias. Las compañías con intereses comerciales sobre internet, quienes son los jugadores principales del negocio, están ansiosamente interesados en que naveguemos mucho, de manera de recolectar toda la información que vamos dejando detrás nuestro mientras saltamos de lugar a lugar, de enlace a enlace. Lo último que estas compañías desean es apoyar la lectura profunda, placentera, lenta o reflexiva. En su interés económico está el hecho concreto de mantenernos distraídos.

Tenemos la profunda sensación, tan cercana a la sospecha, que por un lado nos están acariciando y por el otro abriendo y hurgando una herida día a día. Aquello, y aunque hoy sea un lugar común, que en la cabeza de Orwell y su terrible 1984 tomaba la entidad de la televisión que todo lo veía y sabía, su Big Brother tempranero, hoy se nos presenta de forma distinta, pero resignificada. Ya no ingresa la información por sus “ojos” para saberlo todo. Mucho peor. Nos toman el pulso a medida que hacemos lo normal, lo diario, lo inocente y rutinario.

Es que el corazón no interpreta con tanta facilidad las pulsiones de los torrentes de información. Apenas si, de tanto en tanto, el cerebro le decodifica un par de insinuaciones.

Y para empeorarla, la superficialidad de nuestra actividad intelectual, la ruptura del paradigma de obtención de conocimiento y de lectura, nos empuja a desconectar más a menudo el corazón de la mente.

Es que el corazón no interpreta con tanta facilidad las pulsiones de los torrentes de información. Apenas si, de tanto en tanto, el cerebro le decodifica un par de insinuaciones.

Las cartas de amor reemplazadas por tweets calientes, pueden ser un remedio para la inmediatez del deseo, pero nunca, absolutamente, serán el motivo para un llanto sentido, una alegría encendida, una duda partealmas. El amor y la razón se conectan, en algún profundo punto, con el cerebro. Aunque da la sensación de que, con los cambios en la cognición, ha llegado la hora de darle un voto de confianza a nuestros genitales. Posiblemente en ellos, hoy, se encuentre menos inmediatez y superficialidad que en nuestra capacidad de darle un paseo profundo a poesías y ensayos.

La p@z esté con vosotros. Del resto, se ocupa internet. Y eso debería empezar a preocuparnos.

PD: Nunca encontrarás este artículo en Google.

Fuentes: Is Google making us stupid? Nicholas Carr (ensayo). The Shallows: What Internet is Doing to Our Brains (Nicholas Carr). The Cult of Amateur (Andrew Keen)